historias de animales

HISTORIAS DE ANIMALES

Cuento.

Autora: Ana Bataller.

LA JIRAFA Y EL BAMBI

Carmen tomó en sus manos la foto que yo le tendía. Era una foto de un formato antiguo, cuadrado y en blanco y negro. Aunque ella no podría ya apreciar esas connotaciones. En la foto, manoseada y con las puntas desgastadas se veían dos niñas gemelas. La sostuvo con cuidado, abstraída, intentando descifrar alguno de los enigmas que para ella suponía aquella fotografía que siempre la hacía sonreír.

– Carmen -. Le dije. – ¿Son sus hijas?-. Llevo tres años cuidando a esta anciana y cada día descubro algo nuevo.

Y ella pasando los dedos temblorosos por la superficie lisa, en la que se veían dos niñas muy pequeñas, abrigadas, y abrazando un muñeco de felpa cada una, como si cada muñeco impidiera que ellas, casi unos bebés, se tambalearan. Como si el ciervo y la jirafa, casi tan grandes como las niñas, las mantuvieran ancladas y en pie.

Y con una sonrisa surgida de la nada, acertó a decir.

– El bambi… y la jirafa -.

Y me entró tanta ternura que me quedé allí, inmóvil, encorvada sobre la mujer, contemplando aquellos animales, de buen tamaño, nuevos como regalos recién desenvueltos, que asían con sus manitas las dos pequeñas, cada una el suyo, como agarran los niños sus cosas, con fuerza, temiendo que se las quiten.

Me quedé intrigada y decidí investigar más. Un ciervo y una jirafa, destacaban en aquella fotografía vieja, que por sus arrugas y su aspecto ya señalaba la época en la que fue tomada, allá por los años 60, deduje. Antes de que yo naciera. Y si las niñas que aparecen en la foto son las hijas de la señora, esta foto tiene unos cincuenta años. 

Cuando esa mañana, Ana, una de las gemelas pasó a visitar a su madre, como hacía siempre, la abordé.

– Disculpe Doña Ana,- le tendí la foto.- ¿Son estas niñas usted y su hermana Cristina?

La mujer se subió con un gesto muy rápido las elegantes gafas sobre su nariz y posó la vista en la imagen. Dulcemente sonrió mirando atenta la foto largo rato, mientras parecía desenterrar en su mente la niñez.

– La jirafa y el bambi-. Murmuró. – La jirafa… y el bambi.- repitió la hija ensimismada, rozándolos apenas con los dedos.

– Se la mostré ayer a su madre… pero no acertó a decirme nada salvo lo que ha dicho usted. Señalaba a los animales diciendo simplemente “el bambi y la jirafa”.

– Si, así es como llamábamos al ciervo, porque era más fácil de pronunciar… fíjate yo tendría, ¿qué tendría yo ahí, un año y medio? Y la jirafita, era el muñeco de mi hermana. Ni recuerdo cuándo nos los trajeron los reyes. Solo sé que nos han hecho compañía mientras hemos sido pequeñas. Y que mi madre decía que esos dos animales fueron los primeros juguetes que tuvimos. Los queríamos como si tuvieran vida, como si fueran de carne  hueso.

– ¿Dónde están ahora? – quise saber. – Porque yo por la casa nunca los vi -.

– Los tengo yo. Me los llevé una vez que hicimos limpieza, mucho antes de que tú vinieras. Pensé que le gustarían a mi hija, pero no, los niños tiene sus propios gustos y ahora hay peluches suaves y blanditos, no como estos que son de paño y rellenos de paja y tienen la estructura más dura. –

A medida que hablaba, fue bajando la voz, hasta que no pudo seguir. Imaginé que los recuerdos se precipitaban como una catarata y que la nostalgia estaba haciendo de las suyas. Parecía tan triste de golpe. Ella, que era una mujer tan segura, de repente me pareció tan frágil. Pronunció despacio:

– El tiempo inmisericorde nos muerde- .

Volvió al día siguiente con una bolsa de asas. Se acercó como de costumbre a su madre que no había dicho ni una palabra desde el desayuno. Ana le hablaba mucho, la tomaba de las manos y se sentaba a su lado. La peinaba y la besaba. La madre la miraba callada, con una sonrisa bordada permanentemente mientras permanecía extraviada en algún lugar intemporal ajena a la realidad que la rodeaba. Ana extrajo con delicadeza dos muñecos de la bolsa. Eran obviamente de otra época. No tenían el lustre de los peluches nuevos, además no eran de este material moderno. Unos muñecos de buen tamaño, un poco ajados y empolvados por el paso del tiempo, con los grandes ojos de vidrio intactos y el paño un poco rozado y con algunas zonas desgastadas y los puso en su regazo:

– Mira mamá, la jirafa y el bambi. Y casi inaudible. -¿Los recuerdas? El bambi era mío y la jirafa, bueno, la jirafa era de mi hermana.

– Síiiii, pronunció la madre como un silbido, síiiii.

Los acarició con cariño, enérgicamente y se los llevó a la cara, repitiendo todo el rato,

– el bambi y la jirafa… ¡de mis niñas!

Pude ver a su hija arrodillarse delante de ella, y cogiéndole ambas manos le preguntó con la voz en carne viva,

– Mamá, ¿quién soy yo? ¿quién soy yo, mamá? ¿Cómo me llamo?-.  A lo que la mujer inmediatamente contestó:

– ¿Tú? Tú. No sé. Éste es de mi Ana -. Aferrando el cervatillo con mucha seguridad y acto seguido añadió,

– Y ésta.- dijo abrazando a la jirafa – ésta es de mi Cristi.

Y en seguida se sumergió como de costumbre en su mutismo habitual, los ojos fijos en la pared de enfrente. Ana seguía arrodillada frente a ella, dejando resbalar despacio las lágrimas por su cara. Me miró sin azoramiento y dijo en voz alta:

– Ya sabía yo que por algo los he estado guardando todos estos años -.

Y yo pensé para mis adentros: benditos sean los humildes animales de paño que obran milagros, como si fueran reales.

7 Comentarios

  1. Ana es muy bonito. He detectado que dices”los niños tiene… ahí falta una S, por lo demás, me ha costado pillarlo al comienzo, pero ya luego se ve claro todo… Muy lindo. Ojalá les gudteatodos tanto como a ti o a mí. 🤞

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  2. «El tiempo inmisericorde nos muerde…». Más de uno daría algo bueno por haber escrito esa frase.
    Buen relato «de animales» en el que te has atrevido a bautizar a un personaje con tu propio nombre. No creo que sea una casualidad…
    Buena suerte en el concurso! 😉

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